Antes de fertilizar: lo que se debe considerar para que un programa de fertilización realmente funcione

Antes de fertilizar: lo que se debe considerar para que un programa de fertilización realmente funcione

Antes de fertilizar: lo que se debe considerar para que un programa de fertilización realmente funcione

La eficiencia nutricional comienza mucho antes de elegir un fertilizante

Al comenzar una nueva temporada agrícola uno de los puntos a planificar es cuánto fertilizante aplicar, qué fuentes utilizar y cómo distribuir las unidades de nitrógeno, fósforo, potasio, calcio o magnesio durante la temporada. Sin embargo, técnicamente existe una pregunta que debería plantearse antes que todas ellas: ¿están dadas las condiciones para que esos nutrientes lleguen efectivamente a las raíces y puedan ser absorbidos por la planta?

Un programa de fertilización puede estar perfectamente calculado desde el punto de vista de requerimientos y aun así ser poco eficiente si el sistema de riego presenta una mala uniformidad, si existe una restricción física para el crecimiento radicular, si el suelo tiene problemas de aireación, si la conductividad eléctrica o el pH limitan la disponibilidad de determinados nutrientes, o si estamos ignorando los aportes nutricionales provenientes del suelo y del agua de riego.

Por eso, antes de pensar en fertilizantes, la temporada debería comenzar revisando el sistema completo suelo–agua–raíz–riego–planta.

Una salida de invierno que permite volver a mirar el suelo desde cero

En muchas zonas productivas de Chile, las lluvias invernales han dejado los perfiles de suelo con una importante reposición de humedad, además cuando se producen precipitaciones suficientes y existe un adecuado drenaje, parte de las sales acumuladas durante temporadas anteriores puede movilizarse en profundidad.

Desde el punto de vista práctico podríamos hablar de una especie de “reseteo” de ciertas condiciones del suelo, especialmente en relación con humedad y distribución de sales. Pero es importante no interpretar esto como que el suelo necesariamente queda en condiciones óptimas.

El agua también puede provocar cambios físicos importantes.

Los ciclos de alta pluviometría intensa, saturación y posterior secado del suelo pueden favorecer procesos de desestructuración de agregados, dispersión de partículas finas, migración de minerales y obstrucción parcial de algunos poros. Dependiendo de la textura, estructura, contenido de sodio y condición inicial del suelo, esto puede traducirse posteriormente en menor infiltración, sellamiento, pérdida de macroporosidad y menor difusión de oxígeno.

Es decir, podemos haber lavado parte de las sales y recuperado humedad en profundidad, pero al mismo tiempo haber generado nuevas restricciones físicas que conviene detectar antes de comenzar a regar. Por eso la salida de invierno representa un momento especialmente interesante para volver a diagnosticar el suelo.

Lo que ocurrió bajo el suelo durante el invierno también importa

Cuando evaluamos los efectos del exceso de agua se suele observar normalmente lo que ocurre sobre la superficie del suelo, como erosión de la capa superficial, compactación por transito de maquinaria en suelos húmedos, y zonas de encharcamiento. Sin embargo, una parte relevante de las consecuencias ocurre en la rizósfera.

Las raíces necesitan oxígeno para respirar. Cuando los poros que normalmente contienen aire permanecen llenos de agua durante largos períodos, disminuye considerablemente el intercambio gaseoso entre el suelo y la atmósfera.

El problema es especialmente importante en especies frutales de hoja persistente, como palto y cítricos, que mantienen actividad metabólica y radicular durante buena parte del invierno cuando las temperaturas lo permiten.

Una condición prolongada de baja aireación puede disminuir la respiración radicular, reducir la generación de energía necesaria para la absorción activa de nutrientes, afectar raíces finas y pelos radicales y predisponer a la planta a enfermedades radiculares.

Por esta razón, tener humedad en el suelo no necesariamente significa tener un buen ambiente radicular.

Antes de comenzar la temporada conviene evaluar no solamente cuánta agua quedó almacenada, sino también en qué condición física quedó el volumen de suelo donde deberán desarrollarse las raíces nuevas.

Primer requisito de la temporada: revisar completamente el sistema de riego

Una buena fertilización depende inevitablemente de un buen riego. En sistemas de fertirriego, el agua es quien transporta los nutrientes, el medio que determina su distribución dentro del bulbo húmedo y uno de los principales factores que condicionan el crecimiento y funcionamiento de las raíces.

Por esta razón, ningún huerto debería iniciar su temporada de riego sin haber realizado previamente una revisión integral del sistema.

No basta con abrir las válvulas y verificar que salga agua. Es necesario recorrer el huerto y comprobar que las matrices, submatrices, laterales y líneas de riego estén correctamente ubicadas y que las mangueras permanezcan en la posición para la cual fue diseñado el sistema.

Cuando existen una, dos o más líneas de riego por hilera, su posición respecto del tronco y respecto del sistema radicular determina directamente dónde se concentrarán el agua y los fertilizantes.

También es fundamental revisar físicamente los emisores. Con los años pueden producirse obturaciones minerales, acumulación de materia orgánica, precipitados, raíces que ingresan a los emisores, deterioro de membranas y cambios en su funcionamiento hidráulico. Dependiendo del tipo de gotero y de la falla, el caudal real puede disminuir o aumentar respecto del nominal.

Por lo tanto, la revisión no debería limitarse a observar si el gotero está funcionando: hay que medir cuánto está entregando realmente. Comparar caudales entre distintos sectores del cuartel, especialmente entre inicio, centro y final de las líneas, permite detectar diferencias de presión, obstrucciones, pérdidas de carga o deterioro de los emisores.

Una buena mantención debería incluir además la revisión y limpieza de filtros, control de presiones, detección de fugas, inspección de válvulas, lavado de matrices y laterales y apertura de finales o descoles para eliminar sedimentos acumulados.

El objetivo final es que todas las plantas reciban una cantidad de agua y fertilizante lo más homogéneamente posible, porque si el agua se distribuye mal, también se distribuirá mal el fertilizante. Podemos calcular una dosis de 100 unidades de nitrógeno por hectárea con enorme precisión, pero si una zona del cuartel recibe un 20 o 30% menos de agua que otra, la dosis efectiva de nutrientes recibida por cada árbol tampoco será homogénea.

La uniformidad hidráulica es, por lo tanto, uno de los primeros indicadores de eficiencia nutricional del huerto.

Segundo paso: volver a caracterizar el suelo

Una vez comprobado que el sistema de riego está en condiciones adecuadas, el siguiente paso debería ser realizar un análisis de suelo a salida de invierno o inicio de primavera.

Idealmente este diagnóstico no debería limitarse exclusivamente a conocer los niveles de nutrientes. Para diseñar correctamente un programa de fertilización necesitamos evaluar al menos tres grandes componentes: condición física, condición química y disponibilidad nutricional.

1.- La condición física determina cuánto suelo pueden explorar las raíces

Densidad aparente, porosidad total, macroporosidad, textura, estabilidad estructural, infiltración, compactación y capacidad de retención de agua son variables que condicionan directamente la profundidad y distribución efectiva del sistema radicular.

Un suelo puede contener una concentración adecuada de nutrientes y, sin embargo, presentar una baja capacidad para abastecer a la planta si las raíces solamente pueden explorar una pequeña fracción de su volumen. Por eso, cuando encontramos restricciones físicas, el comienzo de la temporada constituye una oportunidad para evaluar medidas como descompactación localizada cuando corresponda, incorporación de materia orgánica, cubiertas vegetales, mejoramiento de infiltración, correcciones de sodicidad cuando existan, manejo de camellones o ajustes en la frecuencia y duración de los riegos.

La fertilización será siempre más eficiente cuando exista más volumen de suelo efectivamente colonizado por raíces activas.

2.- La química del suelo puede cambiar completamente la disponibilidad de un nutriente

Junto con la condición física debemos conocer nuevamente variables como pH, conductividad eléctrica, capacidad de intercambio catiónico, saturaciones de bases y, cuando corresponde, sodio intercambiable, carbonatos o caliza activa.

El pH no es simplemente un número asociado a un análisis de suelo. Condiciona la solubilidad y disponibilidad de numerosos nutrientes. En suelos alcalinos pueden aparecer restricciones importantes para fósforo, hierro, zinc y manganeso, mientras que condiciones excesivamente ácidas pueden aumentar la solubilidad de aluminio y manganeso y disminuir la disponibilidad de otros nutrientes.

Lo mismo ocurre con la conductividad eléctrica, una elevada concentración de sales no solamente representa un problema osmótico para la planta; también puede modificar la absorción relativa de distintos iones y aumentar el costo energético que debe realizar la raíz para absorber agua y nutrientes.

Por eso conocer nuevamente la condición química después del invierno permite saber en qué condiciones estamos comenzando la temporada, en lugar de proyectar el programa a partir de un análisis realizado muchos meses atrás.

3.- Materia orgánica: diagnosticar antes de aplicar

Otro parámetro fundamental es el contenido y condición de la materia orgánica. Existe una tendencia a incorporar enmiendas orgánicas, compost, extractos húmicos o ácidos húmicos como una práctica casi estándar. Sin embargo, estos productos también deberían responder a un diagnóstico y a un objetivo.

La materia orgánica influye sobre estabilidad estructural, actividad microbiológica, capacidad de intercambio, retención de humedad y dinámica de nutrientes. Conocer su nivel permite decidir si realmente es necesario intervenir, con qué objetivo y mediante qué estrategia.

No se trata de aplicar una enmienda porque “hace bien al suelo”, sino de identificar qué propiedad queremos modificar y qué herramienta tiene sentido utilizar para conseguirlo.

4.- El suelo también fertiliza

Una de las principales diferencias entre un programa de fertilización calculado correctamente y uno construido exclusivamente sobre dosis históricas es reconocer que el fertilizante no es la única fuente de nutrientes para la planta, y que el suelo constituye una reserva nutricional importante.

El análisis debería permitir cuantificar o al menos estimar la disponibilidad de nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, magnesio, azufre y micronutrientes relevantes; y ese aporte debe incorporarse al balance nutricional. Si el suelo tiene capacidad para entregar una parte significativa del potasio que requerirá el cultivo, no tiene sentido calcular la fertilización como si el aporte fuera cero.

Este cambio conceptual permite pasar de una estrategia basada en “cuánto fertilizante acostumbro aplicar” a una estrategia basada en “cuánto nutriente realmente necesita aportar el fertilizante”.

Tercero: El análisis de agua es parte del programa de fertilización

El segundo análisis indispensable al inicio de temporada es el análisis del agua de riego. En muchos predios agrícolas no se considera que cada metro cúbico que ingresa al huerto puede transportar nitrógeno, calcio, magnesio, azufre, boro, cloruros, sodio y otros elementos.

Cuando un huerto utiliza varios miles de metros cúbicos de agua por hectárea durante una temporada, concentraciones aparentemente pequeñas pueden transformarse en aportes nutricionales importantes.

Por ejemplo, un agua que contiene calcio o nitratos puede representar una cantidad significativa de unidades por hectárea al multiplicar su concentración por el volumen total de riego de la temporada. Estos aportes deberían ser contabilizados y descontados del programa. Pero el análisis de agua entrega información adicional igualmente importante.

pH, conductividad eléctrica, bicarbonatos, sodio, cloruros, relación de adsorción de sodio y concentración de determinados elementos permiten anticipar posibles problemas de salinidad, infiltración, precipitación de fertilizantes, obturación de emisores y modificaciones progresivas de la química del suelo.Por eso el agua no debería analizarse solamente para decidir si “sirve o no sirve para regar”.

El agua forma parte del balance nutricional y químico completo del sistema productivo.

Una vez hayamos revisado estos tres puntos: Estado del sistema de riego, estado físico-químico y aporte nutricional del suelo; y calidad y aporte nutricional del agua de riego; podemos elaborar un adecuado programa de fertilización.

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